Gisella protagoniza una historia de agricultura familiar. Una mañana de lluvia nos contó como dejó su trabajo en un banco en la Ciudad de Buenos Aires,  se mudó  junto a su pareja a Cardales y fundó el vivero GAIA FLORA ORGANICA. Ahora tienen una hija de 9 años,  un nene de dos, y un banco… de semillas.

 “Vivo y cultivo en Alto los Cardales, Campana, me dedico principalmente al cultivo de plantas de huerta en forma natural….  Empecé en el 2012 con un invernadero muy chiquito propagando suculentas, mi preparación tenía que ver con la floricultura, de una manera no tan orgánica, más convencional, desaprendí  eso… no reniego pero a base de prueba y error, yendo a ferias fui  aprendiendo otra forma…  Empecé a hacer alimentos cuando sentí que el invernadero era muy chiquito y tenía una limitante económica, tenía que dar el siguiente paso.  

Yo trabaja en un banco, de repente al venir y sentarme  acá en un pequeño invernaderito estaba bajando el cielo. La segunda cosa que no me voy a olvidar más fue cuando hice el primer canterito de huerta. Que en realidad era un desastre pero fue un sentimiento de que era esto.  Después de hacer un canterito y pasar a hacer los bancales fue maravilloso, todo un camino.  Mi familia participa todo el tiempo en el vivero y en la huerta, en la tierra con las plantas, Martín esta ahora dedicado a los árboles nativos, cada uno va encontrando su inquietud en este camino, no teníamos un proyecto… veníamos de la Capital muy armados y de a poco nos desarmamos. Empezás a comprobar,  leés sobre el método de Fukuoka, entrás a la tierra y cuando querés hacer el cantero  sin labranza, no va andar de una, pero después de trabajar la tierra y trabajarla, hacés un bancal y aparece la magia. Te descuidás dos días, la dejás y brotan los tomates y no tenés ni que sembrar. Tiene que ver con conectar y conocer el lugar en donde estás, en vez de aplicar recetas. 

Al principio no le interesaba a la gente, yo iba  a las ferias explicaba como hacia las plantas y les daba igual, pero acá está mi familia, entraba nuestra hija que era chiquita, tocaba la tierra las plantas y yo estaba tranquila, para mi eso era importante. No había un público interesado ni siquiera en los alimentos, cuando se armó el grupo de cambio rural, era como un consumo de una elite quizá porque tenía poder adquisitivo e información, gente que tenía algunos problemas de salud y sabía qué buscar.  Se empezó a acelerar y a multiplicar la cantidad de gente interesada, hicimos una movida por los residuos domiciliarios y eso empieza a generar inquietudes, a investigar, señalas un tema y las personas buscan, de a poco. Este año que pasó me parece que para los cultivos en forma natural fue re positivo.  Para mí la cuarentena fue  un catalizador, aceleró todo, con las huertas fue impresionante, era lo que uno anhela que suceda. Por el 2017 se empezó a diluir el INTA, despidieron a muchas personas, y lo que brotaba empezó a oscurecerse, los productores quedamos atomizados. Yo me imaginaba a todo Cardales, cada casa con su huerta, pareció irse todo a pique y con la pandemia la gente tuvo ese tiempo como regalado, con permiso y se mandaron con la huerta que tenían pendiente. Parecía un impulso, pero siguieron, se sucedieron las temporadas y decían `quiero lo que viene’. Contrariamente a lo que uno piensa  que cuanto más espacio tenés, más le podés dedicar, quien tenía un balconcito o una terraza era quien más le ponía ganas. Eso es interesante también.

Yo creo que ese pedacito que deje ahí sin cortar el pasto varios meses ya, es soberanía alimentaria. Elijo lo que voy a comer, respeto el entorno donde estoy existiendo en este momento,  protejo el lugar que me permite a mi ser, cuando tomas conciencia de eso, empezás a respetar,  a proteger , a decidir, y a ver que hay un montón de comida disponible. Podemos salir afuera y encontrar un montón de comida y no la que está dentro de los bancales. Y no lo sabemos. Te da libertad para existir, y entender que no sos el que pone las reglas, que están los lagartos caminando, las hormigas, aunque no las quiera mucho, y un montón de insectos que por suerte son cada vez más. Soberanía alimentaria es ese canterito que esta allá y es el que menos trabajo y más posibilidades me da.

La huerta está un poco  pasadita pero necesitamos de las semillas… este año me enseño mucho que tengo que guardar semillas, en un momento no tenía semillas, intercambié con otros productores, uso frascos, sobres, es importante que estén secas para poder conservarlas. Soy un poco desbolada pero ya me ordené, las tengo clasificadas con su nombre y su fecha.  ¡Tengo un banco pero de semillas ahora!  Es re valioso tener semillas. La experiencia es todo, cuando experimentas realmente la libertad que te da tener semillas,  ves lo  importante de pasar de lo mental a lo vivencial, hay gente que se metió enserio a armar huertas muy grandes acá  y estamos haciendo un intercambio de semillas excelente y sin dinero. Me encanta!

Conocí Amaranto primero como vecinos, mi relación viene de mucho antes, a través de las escuelas, la familia, el reciclaje, buscando otros caminos, hablando de plantas, se animaron a darle forma algo que se estaba gestando y que se estaba pidiendo y me parece excelente que siga. El alimento es muy importante,  si estás bien alimentado, y no hablo de cantidad si no de calidad, tenés la posibilidad de pensar mejor.

Creo que no es que alguien no quiere ver sino que quienes tienen poder de decisión responden a otros intereses. Y eso nos llevó a este desmadre. Este despiole lo armamos nosotros, me hago cargo, la humanidad es toda. Las instituciones las hacen las personas y el cambio es desde ahí, nadie se salva solo y la gran revolución es individual, es interior, cuando ya no me colonizan la mente y puedo decidir por mí misma ahí podemos armar comunidad. Reniego un poco de la foto y de dejar un mensaje para el futuro, si algo aprendí de la cuarentena es que era un eterno presente, no podías proyectar mucho y lo que pasó estaba todo descolgado.  No sé que va a pasar más adelante ojala cambie tanto, tanto, todo que lo que pueda decir ya quede obsoleto. Porque si no cambia no vamos a llegar a verlo. Estamos en el colapso, y creo que es necesario. No podemos seguir  jugando al tenis, esquivando el humo, mientras el mundo se incendia.  El trabajo de liberación individual interior luego nos puede llevar a una mayor libertad colectiva”.